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sábado, 27 de marzo de 2010

Ciclo Semana Santa III

(artículo publicado en la revista Eucaristía, para la cofradía de la Santa Cena, con la que colaboro desde hace 3 años)


LA DIVINA PROPORCIÓN

En su eterna obra de arte, Leonardo Da Vinci plasmó en “El Hombre de Vitruvio” la divina proporción, el archiconocido dibujo donde el genial italiano realiza una visión del hombre como centro del Universo que queda inscrito en un círculo y un cuadrado realizando para ello un estudio anatómico buscando la proporcionalidad del cuerpo humano, el canon clásico o ideal de belleza, plasmado en esa perfección que se esconde en cada cuerpo, en el perpetuo milagro que esconde cada respiración, cada sístole y diástole.

A través del pentagonal eje del dibujo, en el que cabeza, brazos y piernas parecen ser el ancla de la proporcionalidad, quizás el bueno de Leonardo quisiera esconder uno de los enigmas con los que disfrazaba sus creaciones. Precisamente son cinco los órganos de los sentidos; cinco es el número que engloba a olfato, gusto, vista, tacto y oído. Sensaciones, vibraciones y sentir básicos para que el eterno milagro humano tome cuerpo.

La perfección humana se encuentra en cada cosa realizada por las personas, y sin duda, la Semana Santa en general, y la de Úbeda en particular, pueden ser exponentes de dicha categoría. Una obra creada por y para las personas, capaz de superar férreas envestidas a modo de Guerras inciviles, de quema de santos, de caza de brujas, de ajustes de unas cuentas que nunca debieran repetirse. Una semana grande que envilece la memoria histórica y da lustre a una ciudad, Patrimonio de la Humanidad, que se desangra en su prestigio por la dejadez de unos políticos más preocupados por salir en la foto que en el fondo de la misma.

Siguiendo con el crucigrama escondido en obra de arte, puede ser que nuestra Semana Santa recoja el canon que explica la Divina Proporción si nos amparamos en la definición sensorial anteriormente expuesta, ya que si hay una semana capaz de despertar inquietudes quietas, es la semana grande, la de la Pasión, aquella en la que los niños sueñan con ser costaleros, y los adultos se disfrazan de niños por unos días y se echan a las calles, para estrenar zapatos que gastan mientras callejean por maltrechos adoquines en busca de un sitio preferente para el paso de la procesión.

Siete días, con sus respectivas siete mágicas noches en las que los sentidos se agudizan, y es que aunque cada año sea igual, al mismo tiempo es tan diferente…La vista aprecia figuras nocturnas que en otras circunstancias pudieran pasar por alto, nos disfrazamos de búhos para ser capaces de ver todos los regalos en forma de procesiones: pasos, santos, colores, e incluso somos capaces de ver sentimientos invisibles en los entornados ojos de cada penitente anónimo que desfila ante nosotros. El oído se empapa de repiques de cornetas, de tamborradas tan típicas de Úbeda, y de sonidos traídos de fuera que ponen melodía a la Semana Santa en cada marcha, en cada corte del redoblante, en cada partitura tocada por la banda de música de turno, en los gritos de una chavalería que durante una semana olvida “físicas y químicas” para coger su traje de inocencia. El olfato no iba a ser menos, y es que la Semana Santa tiene su aroma, digno de patente de perfume de cinco estrellas: Úbeda huele a incienso, ese olor tan propio de estos días que ondea y resquebraja el cielo estrellado. Y es que la Semana Santa también tiene su sabor propio, esa marca de la casa que acuña de fábrica y que se disfraza en las diferentes áreas gustativas que pueblan la lengua de cada persona; sabor a purito americano del malogrado Agustín Poisón, conocido por todos como Pirulín, a palodú recién comprado del domingo de ramos, a ornazos y roscos de Jesús para endulzar el mal trago de acompañar a Jesús en su traición, caída y crucifixión. Para terminar con el tacto que da al sentir bajo nuestros pies la vela quemada que hace que las calles se conviertan en pistas de patinaje cuando las primeras lluvias de la primavera hacen acto de presencia

Cada cofradía es un ejemplo de ese compendio sensorial. En la Santa Cena también quedan recogidos: el sabor del simbólico vino y del pan de la última cena, la visión de una traición reflejada en una semiescondida bolsa de monedas portada por Judas, el olor a incienso que embadurna la noche del Miércoles Santo, la visión de una túnica tan propia que simula un río de sangre premonitorio que recorre el trayecto que separa el hombro contrapuesto a la cintura, que en ocasiones es interrumpido por el sonar de tambores y trompetas de los de toda la vida, en esas marchas tarareadas por todos, que llevan acompañando a las diferentes generaciones familiares para terminar con el tacto de una seda que abriga a cada uno de los penitentes que muestran con orgullo la confirmación de que quizás, la última cena no fue más que la primera.

Como de una broma pesada del destino, o un nuevo enigma Da Vinciano, la cofradía de la Santa Cena toma el testigo de Borriquillo, Virgen de Gracia, Costaleros y Noche Oscura. El quinto puesto, un nuevo número cinco, al igual que el eje de El Hombre de Vitruvio, que el número de los sentidos, en esa macabra coincidencia que en ocasiones parecen empeñarse en esconder los números

En las pequeñas cosas se encuentra el verdadero valor de la vida, y detalles como los que brinda cada noche del miércoles santo, pueden ser un clavo ardiendo en el que aferrarse en momentos de flaqueza, en los que terremotos, atentados y guerras parecen tomar el rumbo de unas riendas que al final, siempre terminan guardando la Divina Proporción

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