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sábado, 27 de marzo de 2010

Ciclo Semana Santa II:

(artículo realizado para la Revista Jerusalen, la publicación de mi cofradía, conocidos por todos como el Borriquillo)


EXTRANJERO EN CASA

La Semana Santa es una catarsis que cada año toma un nuevo disfraz; un continuo desfile procesional de sentimientos y emociones que se impregnan en el incienso que empapa cada túnica recién planchada, cada capa que desafía, sesteando al horizonte el viento que siempre amenaza con traer unas nubes cargadas y ávidas de dejar su furia a modo de amenazantes lluvias, en esos días en los que Úbeda reclama su sitio en el mapa, su importancia histórica acorde con un pueblo aletargado que tan sólo durante esa semana se siente importante y protagonista y alza una voz callada entre la resignación y los complejos que suelen acompañarnos el resto del año.

La Semana Santa podría haber sido fuente de inspiración para eruditos atemporales, bien podía haber servido para que un púber Einstein hubiera encontrado musa para explicar la ley de conservación de la materia, la misma que versa que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y es que cada año, ese microclima que envuelve a la semana grande, es capaz de reciclarse, de encontrar nuevas formas, nuevos caminos, para desembocar siempre en el mismo punto de partida, como la figura geométrica de la circunferencia, la única en la que comienzo y final comparten mismo destino.

Para poder volver, uno antes tiene que haberse ido, y aunque hace ya años que emigré de una ciudad que paseo orgulloso haya donde vaya, con sus gentes, con su historia y su cultura, quizás sea este año, el primero de exilio laboral de un punto del cual no se sabe el retorno, en el que puedo sentir que realmente no estoy. Toda una vida viendo como los hijos que un día de hambruna tuvieron que decir adiós a su pasado, a su pueblo y a sus cerros, en post de un destino encontrado lejos de la tierra que les vio crecer, sin llegar a comprender con precisión de reloj suizo el sentimiento que les mueve a realizar cientos y cienes de kilómetros para ver como se abren las puertas de la Trinidad, como Jesucristo a lomos de su pollino se aventura en su último viaje en busca de la inmortalidad; “extranjeros” que durante unas horas vuelven a casa, y que cuando la pólvora de la traca final vertida en una nueva estrellada noche empieza a difuminarse, reemprenden el camino que un día, mucho tiempo atrás, empezaron a andar para buscar un futuro, esta vez sin asno de turno, sin palmas ni estandartes, sin una hermandad de hermanos que estén físicamente para darte la mano para salvar un mal tropiezo, para decirte mirándote a los ojos un consejo amigo que guiar unos pasos, que en la soledad que aporta la distancia pueden servir para encauzar.

Uno siempre estará en el lugar del que nunca se quiso ir, por lo que pase lo que pase, todos los Domingos de Ramos serán Domingos de Ramos. Estemos donde estemos, nos despertaremos con los primeros rayos de sol que juguetean colándose entre las persianas entre abiertas; azotaremos nuestros sentidos dormidos e impacientes con los acordes de la banda de cabecera presidida pase el tiempo que pase y caiga quien caiga por la voz rajada y castigada de su buque insignia; nos enfundaremos el traje, la medalla y los guantes negros para recoger la palma que en la tarde de cualquier ciudad del mundo pasearemos como si estuviéramos pisando descalzos cada adoquín de una renacentista ciudad que empieza a recibir visitas, algarabía y folclore; nos pondremos el capirucho, real o imaginario para sentir como la seda nos acaricia la cara; escucharemos emocionados como la marcha real hace que las puertas del templo se abran una vez que el guión esté formado, ese guión del que siempre hemos sido juez y parte, y que estemos donde estemos seguiremos siendo de él, como un fiel peón que entrega su vida hasta desfallecer en el tablero de ajedrez para defender a su Rey; escucharemos el estruendo del primer cohete que anuncie que Jesús entra en Jerusalén; pondremos melodía a una tarde de emociones con esa acompasada banda que tiempos atrás fueran jóvenes promesas para hacerse patentes realidades, “bailando” a una Virgen que poco a poco pide su sitio en el corazón de los ubetenses. Andaremos cada rincón de la ciudad en la que nos toque estar, para sentir como si de la Corredera, la plaza de Santa María o la mismísima Trinidad se tratasen, para poner fin a una noche con un juego de colores que disfracen al cielo, que iluminen rascacielos, o que dejen sus destellos a modo de lágrima en la serenidad de cualquier río, playa o lugar que durante un día tomará el nombre de Úbeda, y que hará que como siempre la espera merezca la pena para volver al hogar del que quizás, nunca llegaremos a salir, y es que como diría Victor Borge, el hogar está donde tu corazón esté.

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