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lunes, 24 de octubre de 2011

Pacientes que marcan...


Había ganas de enfundarse por fin el uniforme de ambulancia que tanto tiempo (cerca de año y medio) nos ha costado conseguir. Había ganas de surcar de nuevo las serpenteadas calles malagueñas y sus grandes avenidas en busca del aviso de turno, de sentir la adrenalina de la acción del a pie de calle, del directo y del solo ante el peligro. Pero toda sensación de ganas, al igual que todo poder implica una responsabilidad como versa el retratado superhéroe arácnido.

Con las ilusiones renovadas desde mi última guardia en el DCCU en Puerta Blanca, año y medio después y con mi impoluto traje oficial azul me dirigía al Centro de Salud de Miraflores donde se ubicaba la ambulancia que me entregaría de nuevo el testigo.

La tranquilidad de una guardia, esa puñetera sensación de tener todo bajo control, de ser una jornada de trabajo llevadera puede irse al traste en tan solo un segundo. Los astros que parecían haberse alineado a nuestro favor ya que eran las 0:30h y ya descansábamos en las literas a modo de trincheras en verdad estaban realizando una de esas jugadas maquiavélicas. Una llamada en plena madrugada, un código 1 que despierta a los sentidos dormidos, el diagnostico de una parada, un paciente joven, una historia poco precisa con la que dimos de bruces al llegar al domicilio de un paciente que yacía en el suelo, sin vida, emprendiendo ya el viaje final hacia el nunca jamás. Una bomba de relojería, una barriada conflictiva, un bloque entero de vecinos nerviosos que habían dejado sus casas para acudir a la del enfermo, una mayoría de raza gitana en tratamiento ansiolítico que no encontraba remedio en la medicación tomada… pero sobre todo un paciente, relativamente joven (sólo 40 años) que tras un cuadro de dolor torácico en principio atípico se había levantado para vomitar y había caído de manera fulminante al suelo. Una llegada precipitada, la nuestra, abriéndonos paso ante la comunidad que atestaba el patio de luces del bloque, varias parejas de Policías que iban acudiendo al lugar de los hechos. Una madrugada alterada, eléctrica, puta.

28 minutos de continua lucha por un imposible, 28 minutos en cuclillas; 28 minutos de cadencia 30 compresiones esternales y dos insuflaciones, 28 minutos para hacer una reanimación cardiopulmonar avanzada completa; 28 minutos que dan para pasar siete cargas de adrenalina y tres de amiodarona; 28 minutos en los que llegué a electrocardiovertir tres veces al paciente; 28 minutos en los cuales se juega con la muerte aún en vida, que dan lugar a la esperanza cuando un atisbo de ilusión se refleja a modo de fibrilación auricular en la pantalla que monitoriza al paciente; 28 minutos para pensar en la superficialidad de la vida en la que todos estamos de paso; 28 minutos para sudar la estrenada sudadera que literalmente acabó empapada y pegada a la piel, de unas gotas de sudor que caían como un riachuelo desde mi frente a la del paciente que estaba debajo de mí al mismo ritmo que hacía el masaje cardiaco; 28 minutos para escuchar a una familia que cada vez se iba haciendo más numerosa y empezaba a perder los nervios; 28 minutos para intentar lo imposible, para pensar en el cómo y en los por qué; 28 minutos de silenciosas miradas que lo dicen todo al equipo de guardia, en ese inevitable momento en el que hay que poner fin a las maniobras de reanimación y certificar una muerte ya anunciada; 28 minutos para buscar el sentido de una vida que en ocasiones juega malas pasadas. 28 minutos para pensar cómo contarles a una familia que no puede entender, cegada por el dolor de la inminente pérdida.

4 minutos frenéticos de traslado en la ambulancia que acude a velocidad de la luz, jugándosela en cada cruce, en cada semáforo en rojo ignorado ante la gravedad del aviso. 28 minutos de absoluta indefensión ante el paciente, tus miedos, una familia, desconocidos que te rodean y juzgan unos esfuerzos que pese a resultar estériles se realizaron con absoluta profesionalidad. 32 minutos totales, que ascienden a 60 mientras se informa a la familia, se da apoyo moral, se certifica la nueva pérdida y se recoge todo… 1 hora de trabajo que se cobra a 12 pero que no tiene precio ni está pagada. El peligro de trabajar “tirado” en la calle, de recorrer la ambulancia y llegar al meollo de la cuestión, de ser el punto débil de la cadena, de tener que enfrentarte en primera persona a situaciones demasiado tensas en la que la salud vital de las personas y sus allegados están en juego, de nervios perdidos.


Una profesión de riesgo la del equipo sanitario de las ambulancias, en ocasiones reconocido, pero en otras, la mayoría, tan vilmente despreciado.


Descanse en paz paciente de mi primera guardia de uniforme estrenado. Historias que marcan, cicatrices que te duelen pero te hacen más fuerte. La vida, la medicina; situaciones que parecen darse la mano en este camino que es  vivir.

6 comentarios:

  1. Real como la vida misma, cuyo mejor invento fue la muerte! Enhorabuena!!! Ha quedado perfectamente explicado!

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  2. querido juan acabas de descubrir lo distinta que es una parada en el box de criticos de una en la calle donde el paciente mantiene su identidad, sus ropas, sus allegados... Y te juro que no es, con diferencia, lo más dificil profesionalmente con lo que lidiamos. Besos. Mj

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  3. Desde luego, los médicos, sois gente hecha de otra pasta.Muy duro.

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  4. Dios mío, qué noche... Qué experiencia más dura. Y los médicos han de estar preparados para numerosas situaciones como esta... Por eso les (tú incluido) admiro tanto. Lo has explicado todo muy bien, tan bien que aún tengo el vello de punta.
    Nunca se sabe, lo que empieza por parecer una noche perfecta puede cambiar en cuestión de una llamada. Y viceversa.

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  5. Los de otra pasta son los toreros!

    Al final la realidad siempre supera a la ficción

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  6. Los pelos de punta... qué manera de narrarlo...

    Un saludo!

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