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jueves, 8 de julio de 2010

Que los sueños sueños son

(7 Julio ´10)

Perdonadme queridos amig@s lectores si esta entrada no versa sobre la medicina, si no corrijo faltas de ortografía ni releo frases para comprobar que todo queda claro y entendible. Son las 1:27 horas de una calurosa madrugada en Úbeda, y no me canso de leer las ediciones digitales de los periódicos tanto nacionales como internacionales, mientras acompaño la lectura con la retrasmisión deportiva de la Cadena Ser. Una noche de miércoles que languidece entre la ola de calor que envuelve a la Loma, una noche de tantas que pasará a los anales de la historia de un país, de una reciente nación que ha encontrado en este pequeño “milagro” llamado fútbol el oasis de unión eterna.

Evoco mis recuerdos de un partido reciente que parece no haberse jugado jamás; me veo en casa de mis tíos Pepe y Fernan celebrando junto a mi padre con lágrimas en los ojos un cabezazo de Puyol empujado por 46 millones de españoles. Intento recordar ese momento, pero parece pertenecer a ese mundo onírico de la imaginación. Me pellizco y no siento nada, quizás por la emoción, quizás por la cerveza que ha bañado la dicha de sentirme parte de un grupo ganador, de un equipo que dejó atrás los complejos eternos, el lastre que soportaron generaciones y generaciones, entre las que se encontraron mis abuelos, que habrán visto desde el cielo (lo más cerca al paraíso de Durban) la exhibición de un deporte hecho arte. Recuerdo mi infancia a través del transistor de mi abuelo Juan, que celebraba los escasos triunfos del Sevilla; o las quinielas de mi otro abuelo Juan, que creció viendo ganar a los Gento y Di Estefano

Sigo anestesiado, pero lo leo en todas las ediciones: “¡Ya estamos en la final!”, “Visca España”. Debe de ser verdad y lo nunca visto es una realidad. Tantas lágrimas vertidas, tantos sueños rotos, tantos viajes a tierra de nadie para llegar al día del juicio final que tendrá lugar el 11 de Julio en Johannesburgo, en el Soccer City Stadium, donde la Sudáfrica de Nelson Mandela reescribió su historia y se dio a conocer al mundo. Cuando un euro es un dineral y la crisis somete a todo un país, el fútbol en general, y un equipo de 22 jóvenes deportistas que representan los valores más auténticos se han encargado de ser el opio de un país que late al ritmo de sístole-diástole, que canta, que corea, que empuja cada balón, que cuelga una misma bandera en todos los hogares de un país que en tiempos no muy lejanos de desangraba entre la división y el egoísmo, que exhala un último aliento que nos haga llegar a una cumbre a la que siempre hemos optado pero a la que nunca hemos podido ascender por nuestros miedos y complejos. El domingo es ese día, el día en el que los sueños se harán realidad, ante una Holanda temible que debería bailar al son que marca una selección rojo y gualda.

Pero el del domingo no será un partido más, y no lo será no sólo por ser la primera final en nuestra historia mundialística. Disculpen mi atrevimiento, pero dejadme que os cuente que la del domingo será la batalla de las batallas, y que yo estaré allí, en Sudáfrica, en Johannesburgo, con o sin vuvuzela, animando a un equipo, que pase lo que pase en los caprichosos 90 minutos que quedan para la conclusión del campeonato habrá ganado, que ha demostrado al mundo que el fútbol puede ser una oda continua, un gusto exquisito digno de ser expuestos en galerías de arte, lejos de la rudimentaria imagen de futbolistas sudorosos y encorajinados, obstinados en maltratar al esférico planetario que es el balón. Ahora que el sueño ya no entiende de marchas atrás, doy las gracias a esa temible guardia que tuve el día después del partido de Octavos contra Portugal, en ese Marca que compré con la esperanza de leer a lo largo del día, pero que terminé visualizando a las 6 de la mañana junto a Juampi, que vio el anuncio a página completa que anunciaba la oferta de la final. Quedaban aún Paraguay y Alemania, pero la idea que prendió fue cogiendo cuerpo, y ahora que celebro el histórico pase a la final, preparo el pasaporte a la gloria eterna, a esa final de las finales que se disputará este domingo a las 20:30h, un día y una hora que quedará, pase lo que pase en las retinas de una generación sin complejos que contaremos a nuestros antepasados que nosotros tuvimos la fortuna de vivir lo que estamos viviendo y que valoraremos cuando esto no sea rutina y los éxitos continuos del día a día nos dejen de sonreir

Estamos a 90 minutos de ser inmortales. Si perdemos seremos los mejores, si ganamos, inmortales


(valga como regalo este vídeo usado por Arbeloa para motivar antes de la batalla teutona)
Va a ser verdad, PODEMOS!!!!

2 comentarios:

  1. Tienes que dejar el pabellón de la afición española bien alto!! Qué envidia: yo también vi la oferta pero aún no había cobrado, así que me quedo con las ganas xD

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  2. Yo no voy a dejar el pabellón alto, tan sólo me voy a limitar a comprobar la altura del techo del paraíso, gracias a lo que ha hecho esta selección
    Estoy emocionado perdido!!!!

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