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martes, 13 de octubre de 2009

Ayer conocí a Antonio

(escrito el 12 de Octubre de 2009)

Anoche, justo a esta hora de la madrugada, Antonio se fue de este mundo. Una pérdida más, entre las muchas que se producen a diario, un número en ese estadística que sin cesar se engrosa con vidas sesgadas, un número más, que para mí siempre será especial por ser el primero, el número uno de una lista dolorosa para todo aquel que ejerce la Medicina, y es que Antonio fue el primer paciente que se murió por decirlo metafóricamente en mis brazos.

La Medicina es la Ciencia más relativa que existe, y en noches como la ayer, el comienzo de un día festivo para la España más castiza, Antonio me abrió los ojos a que 2x2 no siempre es cuatro, y que el corazón tiene motivos que la razón no entiende. A eso de las 0:15h recibimos un aviso: Varón de 78 años con disnea. Ante esa llamada ambigua, poco más se puede hacer que acudir lo más rápido posible y ver la situación del paciente, para comprobar si su estado de asfixia es tal como cabe esperar. A nuestra llegada, Antonio se encontraba postrado en una silla, pero tenía aspecto saludable. Tenía problemas pulmonares varios, y últimamente estaba sufriendo más crisis de lo habitual, que remitían con el oxígeno y la dosis de Ventolín y Urbasón. Anoche todo hacía indicar que sería una crisis más. Tras historiarlo y ver sus antecedentes, y tras comprobar que no revertía mayor gravedad ya que saturaba al 96%, procedimos a administrarle la medicación, con la que Antonio se encontró mejor. Tras tirarnos unos minutos de animada charla con él, entre las que nos contó su vida y su necesidad de fumar algún cigarrillo furtivo, comentarle que tenía que negociarse una cama articulada para evitar el ahogo al acostarse y tras citarlo para su médico para este martes, nos despedimos de otro paciente, uno más entre tantos, con un sincero “Buenas noches”.

No habíamos vuelto a Puerta Blanca, el centro neurálgico donde descansan las ambulancias del DCCU en las que hago guardia, cuando volvimos a recibir un nuevo aviso, de nuevo del paciente anterior, que se había mareado y presumiblemente había perdido el conocimiento. La sirena sesgó el silencio de la madrugada y con sumisa puntualidad volvimos a realizar el camino de vuelta. Al llegar a la casa, todo era caos: una familia entera chillando, unas voces intentando buscar culpables, un gentío que se arremolinaba en el patio donde yacía el bueno de Antonio postrado en una silla, con todo su cuerpo morado, inerte, sin vida. El estupor fue masivo; hacía cinco minutos que conocía a Antonio, lo dejamos bien, sano, vivo, y ahora no respiraba. En busca de un imposible, se intubó, se le dio oxígeno con el Ambú, se le administró Atropina y Adrenalina, e incluso llegó el 061 para realizar un masaje cardiaco que fue inútil. Una repentina parada cardiorrespiratoria se había llevado a Antonio hacía ya cinco minutos, y todos los esfuerzos eran en balde.

Antonio era ya pasado, una realidad a la que desgraciadamente uno tendrá que acostumbrarse, ya que quién ama el riesgo perecerá en él, y en esto de la Medicina, hay mucha Ciencia, mucha lógica, pero también hay unas cornadas inesperadas que hacen que el riesgo, y situaciones como las de esta noche sean por desgracia algo habitual.

Antonio ya no está; por él y por los que por desgracia vendrán, descansa en paz amigo.

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