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domingo, 11 de octubre de 2009

Adrenalina

(escrito del 17 de Agosto de 2009)

Trabajar cuando el resto de la ciudadanía está disfrutando del ocio es duro, y mucho más si lo que se trae entre manos es la Feria de Málaga. Aunque a parte del descanso que se le da al bolsillo, mientras se trabaja uno puede hacer una visión global de lo que son las ferias, y toda la maquinaria orquestada que hay alrededor de ellas.

La ambulancia no es exactamente el frenesí que uno esperaba. Estamos acostumbrados a que la TV nos meta por los ojos la llegada fulgurante de la Ambulancia de turno, con el estruendo de la sirena y las luces, y en verdad es un servicio algo más descafeinado, en el que la mayoría de la “clientela” son personas mayores, que se encuentran solos y a los que en las largas noches, el miedo les viene a visitar. Enfermos pluripatológicos con fiebre, mocos, síntomas varios, en los que el principal padecimiento es el miedo a la soledad, a caer en el olvido.


Otra función de la Ambulancia es acudir a domicilios a confirmar un exitus, lo que viene siendo cerciorar que se ha producido una defunción. Llegar, comprobar y acompañar durante tan sólo unos pocos segundos el dolor de una familia rota por la pérdida.

Pero entre tanta rutina de avisos con poca acción, la Ambulancia, en plena noche de Feria me dio una oportunidad para sentirme actor por unos momentos, una situación para que la adrenalina se disparara. Casualidades de la vida, hay gente que parece que lleva un ángel a su lado en todo momento. Mientras volvíamos a nuestro refugio tras un aviso de unos vértigos, en sentido contrario vimos una humareda y una moto salir por los aires. Ese caprichoso juego que es el destino, parecía querer que la Ambulancia estuviera justo en ese momento, en el lugar y a la hora precisa. Tras un cambio de sentido frenético, tras saltar el adoquinado que separaba ambos sentidos de unas de las arterias circulatorias de Málaga, tirado en el suelo se encontraba un ciudadano, sin conciencia, sangrando por nariz y boca, y con una pierna sugerente de fracturas varias. Nunca me había preguntado cómo actuar ante una situación de estas, ni estoy seguro de cómo reaccione, pero lo cierto es que recuerdo la intensa sudoración y que sin saber exactamente lo que hacer hasta recuperar la calma, me sumé al trabajo de equipo de enfermera, el otro médico y conductor (una figura clave que no se limita a guiar la Ambulancia por las caóticas calles de Málaga). Coger una vía, inmovilizar, intubar, quitar el casco… minutos de tensión en los que no sabes si la persona que tienes entre manos saldrá adelante; agobio y presión, ante la mirada de viandantes curiosos que se arremolinan ante el espectáculo gratuito y morboso que se les brinda, ante coches que hacen tapón para ser testigos de primera mano, que el hombre que yace en el suelo es el dueño de una moto que se encuentra metros más adelante, echando humo y destrozada.

La sirena rompía el silencio de la madrugada, y las luces de la ambulancia ondeaban cortando el viento, de camino directamente a la Observación del Carlos Haya. Un camino en el que quizás por ese ángel que parece acompañarle, el afortunado motorista empezó a recuperar el sentido, saliendo de ese trance en el que parecía estar anclado, gracias en parte a la medicación y a ese caprichoso destino que le estaba esperando con una de sus malvadas sonrisas



Ni el paciente nos conoce, ni yo recuerdo su nombre, pero lo realmente bonito, es que durante unos minutos, su vida y las nuestras se cruzaron y fueron solo una. Una grata recompensa a las largas horas de estudio hasta llegar a poder asistir sucesos como los de esta noche, a las cosas que he perdido por el duro camino hasta poder empezar a recoger lo cosechado, y es que todo el que espera es porque sabe que la victoria es suya

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