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miércoles, 20 de enero de 2010

Violencia de Género: mi primer gran debate ético


Hay cosas que no vienen en los libros, emociones que no se pueden aprender en horas y horas de estudio en frías bibliotecas. Y es que la Medicina es un arte dual en el que la mayoría de las veces como diría Voltaire, “el arte del médico consiste en mantener entretenido al paciente mientras la naturaleza va curando su enfermedad”, pero en otras, la relación médico-paciente, esa empatía de la que tanto se habla es capaz de despertar en el interior de uno la chispa de la intriga y hacer quitar burkas, máscaras y velos que esconden terribles verdades que se disfrazan en falsos motivos de consulta.

En un día intenso de guardia, en el que tres de mis pacientes tuvieron que pasar urgentemente por quirófano y siete tener que ser ingresados en Observación o en las respectivas plantas debido a la gravedad de sus enfermedades, iba a tener un caso capaz de eclipsar al resto del día, uno de esos casos que sin saber cómo ni por qué, consiguen encender las alarmas y hacer sonar unas bocinas silenciadas ante el stress y la obligación de ver a un paciente tras otro.

Siempre habían dicho que la anamnesis, la entrevista clínica y la observación visual eran iguales o más importantes a la hora del diagnóstico que las futuristas pruebas complementarias de imagen, que etiquetan, que ven lo que se escapa a los ojos humanos. Siempre lo había escuchado, pero esa sentencia la tenía puesta en duda, pero me estoy dando cuenta que en esto de la Medicina, no siempre se cumple el dicho de que ojos que no ven corazón que no siente.


Tras llamar a una paciente, me encuentro a una mujer nauseosa, con vómitos continuos de rostro desencajado, que acude junto a su pareja que la sostiene del brazo con cara de extrema preocupación, mientras le cuesta andar para llegar hasta la consulta. Tras las presentaciones iniciales, uno se encuentra con que la paciente ya había estado en Urgencias cuatro días antes, fenómeno que siempre incomoda debido a que suelen ser pacientes rebotados que ya han esperado horas de espera y a los que el tratamiento no termina de hacerle efecto, o que arrastran un diagnóstico erróneo. Mi nueva anónima paciente acudía por un dolor de cabeza que no cedía con la medicación, mareos, vómitos y parestesia de hemicara izquierda, teniendo como antecedente un traumatismo craneoencefálico el día que acudió con anterioridad a Urgencias en el que se le hizo una radiografía y se le descartó cualquier fractura ósea. Ante la nueva clínica que se había iniciado hace horas, uno siempre tiene que ponerse en lo peor, y sospechar en una hemorragia cerebral secundaria al traumatismo, que suele dar la cara 48-72 horas después del traumatismo inicial.

Pero los síntomas no lo son todo: intentando profundizar en la historia contada, observé como la paciente, cada vez que le preguntaba contra que se había golpeado, ante lo que se limitaba a contestar que había sido ella mismo, se despertaba un nerviosismo e incluso llanto a la hora de dar la respuesta. ¿Intento autolítico? Es posible: uno ya ha visto que hay gente desesperada, deprimida, capaz de hacer cosas que se escapan a la mente humana. Pero en la visión de espectador de lujo que tenemos los médicos, capaz de presenciar relaciones interpersonales de gente que desconocemos, uno puede dar detalles que se escapan a simple vista. Mientras la paciente hablaba, lloraba y vomitaba en consulta, me llamó sospechosamente la actitud de su pareja, que se empeñaba en mostrar su aprensión, acariciándole el pelo, dándole unos ánimos que sin saber cómo ni por qué no me parecían sinceros. Como en el cuento infantil, parecían migas de pan en un camino secreto que me parecía estaban ocultando, un camino que terminó por alarmarme en una de las veces que la pareja de la paciente se dio la vuelta para coger papel para limpiar a la paciente, en la que vi como la mirada de esta se volvía fría como un témpano y al menos, en lo que me pareció crucificaba a su acompañante, que en todo momento se mostró preocupado en la Consulta.

Tras horas de espera y un TAC tranquilizador en el que se descartaba lesión interna, quería ser capaz de quedarme a solas con una paciente que tenía en su pareja a una sombra que siempre estaba a su lado. Tras consultar con los Adjuntos la sospecha de una posible violencia de género, éstos me indicaron que en plena jungla de la Policlínica esos menesteres se escapaban de la misión del médico, pero yo no me quedaba tranquilo dando el alta a una paciente sobre la que sospechaba una duda, y no quería llevármela a casa con la eterna duda, así que previo consultorio con mis compañeros residentes, volví a meter a la pareja en la consulta para explicarle que todo estaba bien, sin saber exactamente cómo iba a poder quedarme a solas. El médico tiene que ser a veces un buen actor, y haciéndome el despistado le indiqué al acompañante que me haría un gran favor si acudía a enfermería para que le dieron un analgésico para aliviar los dolores de la paciente: como sospechaba y en su intento por mostrar su preocupación, el pez mordió el anzuelo y tuve cinco minutos para quedarme cara a cara con la paciente. Tras indicarle que si quería contarme algo, que si necesitaba algo, que si podía ayudarle, la paciente rompió a llorar, y mirándome a los ojos me dijo que sabía por dónde iba, y tras unos eternos segundos de silencio me reconoció que su pareja le había agredido. A uno que nunca se había enfrentado con la dura realidad del maltrato, no sabía cómo afrontar un tema tan delicado como este, así que dejé de hablar como persona con bata y fonendo y le intenté hablar de igual a igual, de tú a tú, aconsejándole que tenía que denunciar, que podíamos ayudarle, a lo que la paciente se negó debido a que por si religión musulmana si denunciaba y se enteraba su familia se iban a desencadenar una serie de peleas y agresiones que prefería tapar. Los médicos no somos nadie para imponer decisiones, y mucho menos en algo tan privado en una lacra como esta, pero tras hablar sinceramente con ella, acordamos una cita con Salud Mental a la que podría acudir sola para hablar sin prisa pero sin pausa con un profesional que sin duda pudiera orientarla en sus miedos para intentar poder reconducirlos, ante lo que la paciente parecía encantada y agradecida.

Pero la consulta no iba a ser un eterno confesionario y la puerta se abrió para que la pareja entrara de nuevo rompiendo un clima de confidencia. Llegaba el turno de dar un alta no explícita para dejarle las migas de pan al especialista que recibirá si todo sigue su curso natural a la paciente, para no quedar escrito tal cual en un papel que puede caer en manos de su pareja. Llegaban el turno de las despedidas y la pareja me tendió su mano agradeciendo el servicio prestado, mano tendida que uno tiene que recoger, y respondiendo las gracias de una paciente con un sincero abrazo, una paciente que no salió curada, pero que al menos quizás empezó a encontrar luz en un túnel demasiado oscuro para esos protagonistas anónimos que llenan las listas más vergonzosas de una de las lacras que lastran a una sociedad enferma.


Un caso entre otros, pero mi primer caso en el que realmente se me abre un debate ético. Y es que hay lecciones que no se aprenden en los libros y con este caso di un máster acelerado de la Medicina, la ética y me replanteó cuántos pacientes pueden acudir a consulta médica para intentar recibir una ayuda que por diversos motivos pueden esconder en un silencio anclado por el miedo, y del que por desgracia, muchas veces somos incapaces de destapar.



5 comentarios:

  1. juanito, por desgracia es un tema que sabemos que existe, pero hasta que no lo vivimos en primera persona no podemos ni imaginarnos los límites que puede llegar a sobrepasar;
    Ha sido toda una suerte para la paciente encontrarse con una persona como tú en el camino, porque no tengo ninguna duda de que has hecho lo correcto, aunque supongo que siempre te queda la sensación de querer hacer algo más pero no poder.

    un abrazo hermanano!!

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  2. Simplemente perfecto, todo esto te pasa porque eres una "BUENA PERSONA" Sigue así.

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  3. todo muy bien hecho, a pesar de la actitud "rara" de los adjuntos.
    en catalunya lo que sí que se tiene que hacer es tramitar un parte al juzgado de guardia -> no implica nada para la paciente, no queda reflejado en el informe de alta y la pareja no se entera pero queda grabado y en el momento en que la paciente decide acabar con la situación todos los partes guardados (por desgracia hasta entonces se suelen acumular más de uno) en el sistema ayudan a que la demanda tenga más peso y la resolución sea más contundente.

    hablando del parte al juzgado, lo mismo se tiene que hacer en los intentos autolíticos.

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  4. Pone los pelos de punta. Enhorabuena!!!

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  5. Todo lo que has escrito es precioso, te doy mi enhorabuena.

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