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lunes, 6 de julio de 2009

Apatruyando la Ciudad

(escrito el Lunes 29 de Junio del 2009)

Tenemos, o al menos esa es mi percepción, una visión demasiado idealizada de la Medicina, como ente y como ciencia, que queda enmarcada al Hospital, al especialista más especializado, a lo que se aleja de la norma y sin embargo es lo menos frecuente pero lo más valorado. Una visión falseada que prensa, facultades y profesionales se encargan de dar a un mundo exterior ansioso por crear nuevos mitos y secundar la imagen del médico de toda la vida.


Hay que bajar al albero para darse cuenta que no es oro todo lo que reluce, que hay luz donde tan sólo se muestra oscuridad. Hace ya algo más de un mes que desembarqué en esta aventura malagueña, y entre cursos, guardias y Centro de Salud, me estoy dando cuenta que la Medicina es un arte que no entiende de corrientes vanguardistas, que tiene sus adeptos para cualquier artista que fonendo en mano se atreva a pintar uno de esos cuadros a modo de curación.


6 años de carrera pueden parecer que dan para mucho, pero echando la vista atrás y visto lo visto en este mes como trabajador, uno se da cuenta que las prácticas de la carrera son como matar moscas a cañonazos.


El día de este Lunes 29 estaba reservado para una de esas nuevas experiencias religiosas. Tocaba el turno de la guardia DCCU, que por el nombre puede parecer algo futurista. La Unidad de Dispositivos de Cuidados Críticos y Urgencias, o lo que es lo mismo, la ambulancia, puede parecer el patito feo de la familia, el gran olvidado en una dinastía de prestigio que en ocasiones se olvida de sus raíces, pero que es en ocasiones el eslabón inicial, y por lo tanto, fundamental, preludio de todo lo demás, el comienzo de un engranaje programado que requiere de todos sus integrantes.


Cuando las luces de la ambulancia iluminan el tráfico malagueño, y el ensordecedor ruido de la sirena ondea a toda velocidad, parece que un halo mágico envuelve a ese automóvil que conduce esperanza. Cuenta la Biblia que Moisés abrió las aguas del Mar Rojo. Algo parecido siente uno cuando en pleno tráfico ves como los coches consiguen el imposible de hacer espacio para dejar paso, a una ambulancia ultra equipada en la que todo está aprovechado y medido hasta el último milímetro.


Con el trabajo en el DCCU, se consigue algo que no se tiene en ningún otro trabajo. Consigues entrar en la casa del enfermo, y aprendes a veces con demasiada crudeza la realidad del día a día de las personas, que disfrutan y sufren, que ríen y lloran, que sanan y caen enfermas, que tienen necesidades, carencias, que viven en condiciones lejanas a lo esperado y que hace que uno reflexione sobre lo que tiene y lo que quiere, que te hace ver la vida con otros ojos, que te humaniza y te hace bajar de la nube de glamour que amenaza con devorarte

1 comentario:

  1. Joer, es verdad eso de que parece cuando Moisés abrió las aguas... todavía me acuerdo de las primeras veces, y de la emoción que uno siente por ir en la ambulancia y al no saber exactamente lo que te ibas a encontrar (y si ibas a saber hacer o no, jejeje).

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