(Málaga 17 de Marzo de
2012)
Esta
es la historia de un afortunado, de un triunfador; de un conquistador de metas
inmediatas en busca de la definitiva, la última, la que siempre pareces tocar
para finalmente escapar entre tus manos. Esto que aquí comienza pudiera ser el
relato de alguien al que la vida le parece devolver siempre una sonrisa…esta es
mi historia que quiero hacer pública.
Me
llamo Juan Toral Sánchez y me acerco
a velocidad de crucero a los 28 años. Nací un, para mí ya lejano, 22 de Marzo
en Úbeda, un pueblo que se hizo ciudad amamantando el Renacimiento que mira al Sur. El primer guiño que me regaló la
vida fue darme la familia con la que me premió. Unos padres modélicos para lo
bueno y para lo malo, con sus riñas y muestras de cariño constantes, con sus
miedos copiosos y sus alegrías inmediatas, con su poca arena entre tantísima
cal para fortificar un coto privado de puertas abiertas. También me dio una
hermana mayor intachable que me enseñó el camino a seguir y me hizo todo más
fácil; unos primos que fueron amigos con los que jugar todos los domingos
memorables en la casa de mis abuelos mientras recibíamos abrazos y atenciones
por cada maceta que rompíamos con la pelota.
Una
vida que me dio una niñez sana sin sobresaltos, donde tuve la tremenda fortuna
de hacer amigos para toda la vida, que pese a la distancia milenaria que nos
separa, seguimos en contacto buscando fechas para reencontrarnos y brindar con
la eterna penúltima cerveza.
Que
me premió con una infancia tan feliz que aún ahora con el paso de los años la
recuerdo con una sonrisa dibujada en mi cara.
Sin
tener en abundancia, jamás me faltó de nada. No fui un niño caprichoso pero
siempre tuve todo lo que necesité (y más).
Con una
inteligencia que creía a prueba de bombas fui sacando curso por curso con todo
sobresaliente hasta el bachillerato de donde salí con una matrícula de honor
que aún descansa en mi habitación natal.
Esa
misma inteligencia que vio tambalear unos cimientos que realmente no eran tan
fuertes perdiendo su confianza en los seis años (a curso por año pero con periodos
que fueron de Septiembre hasta Septiembre, por los novedosos suspensos que fui
acumulando) de carrera que estudié en la lustrosa pero deficiente Universidad
de Granada para salir con un título, el de Medicina,
pero sin oficio ni beneficio, harto de estudiar y pasear fonendo por pasillos
de facultad y hospital sin nada que escuchar.
Seis
años de carrera premiados con becas de estudio hasta que dinosáuricas
asignaturas de 20 créditos se cruzaban
en mi camino y ni en Septiembre encontraban consuelo. Años con la tranquilidad
de tener unos padres que me respaldaron económica pero sobre todo anímicamente,
que jamás reprocharon nada y que siempre encontraban palabras de ánimo ante el
tropiezo a modo de examen de infausto recuerdo. Años en los que sin ser
obligado, me autoimpuse la necesidad de compaginar algún trabajo de fin de
semana como camarero o en los calurosos y secos veranos de Úbeda de mozo de
almacén en un Centro Comercial.
Yo,
ese afortunado que se enfrentó a una oposición llamada MIR para sacar plaza y
elegir hacer Medicina Familiar y
Comunitaria en Málaga, en el “prestigioso” Hospital Carlos Haya del que
tanto había escuchado hablar.
El
mismo que el 20 de Mayo de 2009 firmó su primer gran contrato que me hace ser
un privilegiado: cuatro años de residencia para formarse, aprender (tras siete
años de estudio previos que parecen caer en saco roto), lidiar con situaciones
incómodas y recompensas inimaginables. Aprender, disfrutar, sufrir con unos
pacientes que me han hecho llorar de alegría y de tristeza. Que he salvado
vidas y otras no he podido rescatar, que he dado buenas y malas noticia, que me
he torturado ante los fallos percibidos y que me he alegrado por mis efímeros
éxitos que tan pronto quedan atrás en este atroz mundo de la Medicina.
Yo
que he tenido la suerte que muchos de mis amigos no han tenido. Que disfruto de
un, hasta
la fecha, tranquilo periplo de cuatro años con trabajo fijo nada más
terminar la carrera. Que hasta la fecha no tengo miedo de
actualizar la cuenta bancaria por temor de no haber cobrado. Que hasta
la fecha he disfrutado de un competente (pero también mejorable),
periodo de formación con rotaciones, guardias, cursos… Yo, que hasta la fecha no
había visto la opción de trabajar en el extranjero como una alternativa sólida,
como otros amigos míos (brillantes en diplomaturas y licenciaturas de muy
diversa índole) han tenido que hacer para emigrar a países como Japón, Alemania
o Reino Unido para buscar un reconocimiento que aquí no le daban social ni
económicamente.
Yo
que por fin me siento médico pese a tener el título desde 2008. Que siento que
cada vez domino más cosas y con más seguridad, que me siento útil para una
sociedad bipolar que venera con la misma facilidad que lapida al escaparate
público del día a día en las Urgencias de un Hospital o en la consulta de mi
Centro de Salud.
Servidor
que ha ido cargando una mochila a la espalda en la que poco a poco ha ido
echando piedras. Que he puesto buena cara al mal tiempo. Que he intentado
argumentar con todo aquel que me ha dicho con aire, con sorna o con muy mala
educación que me pagan gracias a sus impuestos (a mí no deben retenerme dinero
para pagar sanidad, educación, bajas…). Que he intentado hacerles ver a mis
amigos que mi vida no es siempre como
la visión que dan las series de televisión sobre médicos, que pese aunque lo
pueda parecer no estoy todos los días de juerga ni comilonas, que también
estudio, trabajo e incluso puedo llegar a acumular más de 70 horas semanales.
Que intento acallar cuándo me echan en cara que me pagan por dormir en una
guardia (nunca más de cuatro horas aun siendo una guardia de las llamadas
buenísimas) o que incluso tengo una hora para comer. A éstos que les intento
explicar la carga que supone estar en primera línea de combate, en el cuerpo a
cuerpo de un paciente tras otro, de escuchar historias, preocuparte por ellas
para una vez que les das el alta intentar olvidarlas para siempre.
Que
les intento argumentar que una guardia no está pagada mientras se escandalizan
y me tratan por loco y me echan en cara que no estarán tan mal cuando hago
alguna de más si puedo. Los mismos que se ciegan por la cifra global con dos
ceros pero no ven que los 12 € por hora aún se reducen más cuando la nómina
resta los dividendos de los impuestos. Que no llegan a comprender que mientras
cobro ese billete rojo que tan pronto se gasta, puedo estar tratando algún
infarto de corazón, de alguna persona que bien pudiera ser mi padre o el suyo,
o que tengo que estar intentando calmar al preocupado usuario que decide buscar
solución a su patología urgente que
lleva meses con ella (por ejemplo dolor
de rodilla sin traumatismo previo) a las seis de la madrugada y pese a las 21
horas que llevas trabajando intentas atender con profesionalidad.
De
explicar que pese aunque lo crean, ni soy, ni me estoy haciendo rico con mi
trabajo, que no tengo la vida resuelta. Que gano 953 € de sueldo base, y que o si me obligan o si consigo hacer 5-7
guardias puedo llegar a ganar, nunca más, de otros 1.200€.
Yo,
que parece que tengo que estar pidiendo perdón por ser un “privilegiado”, por
haber tenido la suerte de tener a unos padres que con su sacrificio y trabajo
diario como administrativo y ama de casa me pagaron unos estudios, por tener la
suerte de llevar estudiando hasta llegar a ser lo que hoy soy. Justificar la
injustificable suerte de tener un trabajo que día a día intento sobrellevar, de
ser un residente de tercer año, el
eslabón más débil de una cadena que empieza a hacerse añicos
Pero
ya, damas y caballeros (casi amig@s diría si aún seguís leyendo estas palabras),
me he cansado de al mal tiempo buena cara. Estoy harto de discursos estériles,
de palabras mudas sobre un estrado por políticos corruptos que defienden con
uñas y dientes el tremendo solar que han construido en torno al falso
parlamento bipartidista que han conseguido camuflar. Harto de sueldos
vitalicios sin ton ni son de personas elegidas a dedo en ocasiones sin estudios
que por ocupar unos meses un puesto reciben sueldos millonarios de por vida.
Harto de la ineptitud al cuadrado, de la falta de previsión, de ideas,
soluciones y de valores. Cansado de ver como en vez de intentar reconducir un
barco que navega a la deriva se siguen llenando los bolsillos al grito de “sálvese
quién pueda”. Indignado al ver la falta de previsión de los expertos: crear la
burbuja inmobiliaria para crecer pero sin invertir en un plan B que diera sus
dividendos en el futuro, para quedarnos finalmente sin fuentes de ingresos;
sorprenderme con los posteriores ocho años de legislatura de remiendos y paños
tibios y seguir sorprendiéndome por las “innovadoras” decisiones con las que
parecen seguir torturándonos al amparo de la crisis que ni yo ni tú creamos ni
nos encargamos de perpetuar.
Sublevado
por anuncios que leo en los que se anima a capitales extranjeros a invertir en
España por tener una mano de obra barata, harto de escupir para arriba mientras
esperamos quietos a que la ley de la gravedad hago su efecto.
Cabreado
por la desidia colectiva que nos rodea. Que vemos ya casi normal que una joven
eminencia que acaba de terminar brillantemente sus estudios se arrastre como un
becario por 400 € en el mejor de los casos, o tienen que irse del país en busca
del pan que aquí se les niega o nos resignamos a bajarnos los pantalones para
poner la otra mejilla.
De
ver atónito cómo el único foco de interés es si pagamos un 1€ en cada tarjeta y
de comprobar como el repago del copago
se convierte en Trending topic nacional.
Yo
que sufrí el nuevo plan de estudios en mi facultad mientras escuchaba
continuamente al Decano la tremenda suerte que íbamos a tener porque sin duda
íbamos a heredar una plaza fija. Harto de callarme cuando como medida ejemplar
decidieron bajarme el 5% de mi sueldo. Que no protesto cuando mi tutora tiene
un accidente de tráfico yendo al trabajo y llevo más de un mes pasando la
consulta sólo, desafiando a la Ley mientras las entidades públicas no contratan
a un sustituto que parece varado en la bolsa de empleo. Harto de callarme, de
no denunciar, de no indignarme y sublevarme. Que escucho intrigado, pero
también convencido que el recorte definitivo está al caer, que la catarsis apocalíptica
es ya casi una realidad, que nos van a recortar el número de guardias a cuatro
en el mejor de los casos. Que sin tener el tremendo drama social de muchas
familias que realmente no tienen para cubrir gastos y no llegan a final de mes,
veré recortados los “privilegios” de los que creía disponer: de la
independencia que falsamente creía haberme ganado tras todos estos años de
dedicación al sol.
En
este país de sorna y panderetas, de Pantoja y Belén Esteban.; de monárquicos
corruptos, de Urgandarines, Gurtel y villas Arousas, de guiñoles retratados y
de ese opio nacional de Guardiolas y Mourinhos que parece silenciar el atroz
ruido de fondo.
Cansado
de la cobardía que nos hace tan pequeños, que nos minimiza, que silencia
nuestras poderosas razones. Del bien individual que tapa al colectivo, que nos
agrieta y hace achicar agua, que nos desangra y nos hiere de muerte.
A
día de hoy estoy a 14 meses de ser un número más de esa lista millonaria de
parados que se desangra en la cola del INEM. Puede resultar una premonición fúnebre, pero
es la triste realidad. La mayoría de los compañeros que han terminado y que van
a terminar están en la misma situación. Contratos irrisorios, sonrojantes, bucólicos. Conozco casos de contratos de 8
horas, de dos noches en un pueblo perdido de sierra, de situaciones camufladas
detrás del profesional que tras su bata lleva la desolación de la triste
realidad de tener 30 años y estar en la máxima incertidumbre laboral y personal.
Pero
mientras llega el 20 de Mayo del 2013 y mi contrato expira, (si antes esta
patata caliente que desde hace tiempo nos estamos pasando de mano en mano no
explota) seguiré disfrutando del día a día, de mi trabajo, de mis pacientes, de
la recompensa del trabajo bien hecho, de la satisfacción de seguir dando lo
mejor de mi en todo momento. Seré uno de esos más de cinco millones, con mi
licenciatura, mi especialidad, mis múltiples cursos realizados, un Máster de
Economía de la Salud-Uso Racional del Medicamento y un Curso de Experto de
Urgencias que darán lustre a un curriculum que nadie querrá leer.
Pero
mientras llega ese mañana sombrío al amparo de este oscuro día a día, al menos
me acuesto tranquilo sabiendo que el Real Madrid y el Barcelona no se
enfrentarán hasta la final de la Champions… Y es que a fin de cuentas, tenemos
lo que nos merecemos, ¡así nos va!